No recuerdo aún todo, pero tengo partes muy claras en mi cabeza. Todo a mi alrededor da vueltas. Aún recuerdo todas esas noches que pasaba despierto, mirando su belleza entre las sábanas creyendo que nunca podría tenerla. ''Si en algún momento consigo tenerla entre mis brazos no será más que abrazarla y soltarla pues todo el mundo vería mal este acto que tanto deseo realizar con ella.''
Los únicos recuerdos de aquellos días son sus delicados movimientos, sus labios, sus palabras y esa fragancia que invadía mis pulmones. La mujer de la que me enamoré, a pesar de haber tenido otras mujeres e hijos con estas. A esta chiquilla de cabellos dorados fue la que amé.
Las personas que sabían de esto me llamaban loco, esta chica estaba bajo mi protección y ese era mi deber, cuidarla. Cuidarla del mundo y de mí. Yo era el que más cerca estaba de ella y con el que más peligro corría, no había nadie que la amara tanto como yo.
Sus amigas también eran jóvenes bellezas que corrían por el patio trasero de la casa, con sus cabellos flotando en el aire, sus senos moviéndose libremente dentro del vestido y sus pies descalzos pisando la húmeda hierba. Las quería a todas, pero era a ella a la que amaba. Eran hermosuras que solo se merecían los campeones del mundo, o de los juegos en caso de los griegos. Yo no era nada de eso, era buena persona pero no lo suficiente como para merecerme a esas muchachas.
Ahora recuerdo todo lo que hice el último día que vi a esas chicas. Empezaron a jugar y las mandé a sus casas con la puesta del sol. Estábamos ella y yo solos, los criados se habían marchado a dejar a las chiquillas.
La tomé de la mano y subimos las escaleras hasta su dormitorio. Al corsé, al no saber quitárselo, le tuve que cortar los cordones con un pequeño puñal. El vestido cayó al suelo después de dejar libres esos firmes pechos. Olfatee de nuevo su fragancia y acaricie su piel perfumada.
Nos fundimos en una persona, tendidos en el lecho y cubiertos con las sábanas. Sus cabellos rozaron mi pecho, sus manos desgarraron su camisa y su piel sudorosa se pegó a la mía. Nos movimos como se de danza se tratase, uno seguía los pasos del otro y nos guiábamos mutuamente.
Cuando llegaron los criados quise parar e irme a mi cuarto, pero ella me pedía más. Me quise levantar, separarme de ese tacto adicto de sus piernas, pero con los brazos me agarró suavemente del cuello atrayéndome hacia ella. Sus brazos me rodearon y me apretaron contra sus senos. Acerqué mis labios a su cuello y besándolo, seguimos lo que dejamos. Fue todo muy rápido, pero inolvidable. Tener a esa virgen en mi cama, a mi lado, sudando al igual que yo, era todo lo que me vida necesitaba. Era joven, pero solo su belleza me inspiraba para no pensar en la edad, me hacía olvidar.
Estuvimos juntos durante algo más de una hora. Sentí que el paraíso venía a buscarme. Era media noche cuando, cogidos de la mano, salimos al fresco de la noche. Salir al jardín de noche siempre fue mi hábito y ahora lo compartía con ella.
No fui previsor y a ella, el frío nocturno, le helaba la piel. Los pechos los tenía tensos y sus manos frías. Un camisón no era bastante para abrigarla y su tacto era como el de la muerte prematura. Las rodillas le tiritaban, pero se mantenía firme y avanzaba por el húmedo césped. Se paró a unos metro de mí girando solo el cuello. Me permitió vislumbrar que de esos magníficos ojos brotaban lágrimas. Rápidamente la cogí entre mi brazos y lloró en mi hombro.
Creí que su perdón era por lo que habíamos hecho unos momentos antes, pero comprendí que no era por eso. Estaba enferma y su vida se acababa en el momento que más ganas de vivir tenía. Su sangre se moría en sus venas y la trajeron a vivir conmigo para que sus padres no tuvieran que verle morir, pero me tocaba verlo a mí y darle un enterramiento digno de ella.
Estuvimos durante dos semanas viviendo, más o menos, como nos hubiera gustado vivir la vida que se nos negaba. Por el día éramos dos conocidos que compartíamos casa, como lo éramos antes. Por la noche, en cambio, éramos dos amantes que vivíamos todos los placeres posibles de alguien que sabe que va a perder algo muy importante.
Era doloroso pensar que se moría. Durante la tercera, semana todo tipo de médicos vinieron, pero su palidez era casi como el mármol. Una noche, estando arrodillado a los pies de su cama vi que dormía plácidamente, pero no volvió a abrir los ojos.
Aquí acabo. Su entierro no lo deseo narra porque aún, veinte años después, me sigue resultando terrible. Recuerdo su jovial energía, todos sus rasgos y aquellos momentos inolvidables que me hizo pasar a su lado. Yo la amaba y aún la sigo amando
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